"há sempre um copo de mar para um homem navegar" - jorge de lima
Quando os cronópios saem em viagem, encontram os hotéis cheios, os trens já partiram, chove a cântaros e os táxis não querem levá-los ou lhes cobram preços altíssimos. Os cronópios não desanimam porque acreditam piamente que estas coisas acontecem a todo o mundo, e na hora de dormir dizem uns aos outros: “Que bela cidade, que belíssima cidade”. E sonham a noite toda que na cidade há grandes festas e que eles foram convidados. E no dia seguinte levantam contentíssimos, e é assim que os cronópios viajam.
(Julio Cortázar, Histórias de Cronópios e de Famas)
(Julio Cortázar, Histórias de Cronópios e de Famas)
"Siempre acabamos llegando a donde nos esperan" - Libro de los itinerarios
quarta-feira, 28 de julho de 2010
domingo, 25 de julho de 2010
Lavoura Arcaica
Raduan Nassar
6
Desde minha fuga, era calando minha revolta (tinha contundência o meu silêncio! tinha textura a minha raiva!) que eu, a cada passo, me distanciava lá da fazenda, e se acaso distraído eu perguntasse "para onde estamos indo?" - não importava que eu, erguendo os olhos, alcançasse paisagens muito novas, quem sabe menos ásperas, não importava que eu, caminhando, me conduzisse para
regiões cada vez mais afastadas, pois haveria de ouvir claramente de meus anseios um juízo rígido, era um cascalho, um osso rigoroso, desprovido de qualquer dúvida: "estamos indo sempre para casa".
sexta-feira, 23 de julho de 2010
El enfermo imaginario
Molière
Molière morreu interpretando Argan, seu doente imaginário, enquanto o público se divertia achando que era parte do espetáculo. E talvez fosse...
ACTO TERCERO
ESCENA III
(...)
BERALDO.- ¿Pero es posible que te emperres en vivir zarandeado por médicos y boticarios y que quieras estar enfermo en contra de la opinión de todos y de tu misma naturaleza?
ARGAN.- ¿Qué me quieres decir con eso?
BERALDO.- Quiero decirte que no conozco hombre más sano que tú y que no quisiera más que tener una constitución como la tuya. La prueba más palpable de lo bueno que estás y de que tienes un organismo perfectamente sano es que, a pesar de todo lo que has hecho, no has conseguido quebrantar lo saludable de tu naturaleza ni has reventado con tanta medicina.
ARGAN.- ¡Gracias a ellas vivo, querido hermano! Y mil veces me ha repetido el señor Purgon que soy hombre muerto con que deje de atenderme nada más de tres días.
BERALDO.- Pues si no pones coto, tanto te atenderá que te enviará al otro mundo.
ARGAN.- Seamos razonables, hermano mío... ¿Tú no crees en la medicina?
BERALDO.- No. Ni veo la necesidad de creer en ella para estar sano.
ARGAN.- ¡Cómo!... ¿Tú no tienes por verdadera una cosa establecida en todo el mundo y sancionada por los siglos?
BERALDO.- Lejos de creerla verdadera, te diré que la considero como una de las más desatinadas locuras que cultivan los hombres. Y si estudiamos la cuestión desde un punto de vista filosófico, creo que no hay farsa más ridícula que la de un hombre que se empeña en curar a otro.
ARGAN.- ¿Y por qué no ha de poder un hombre curar a otro?
BERALDO.- Por la sencilla razón de que, hasta el presente, los resortes de nuestra máquina son un misterio en el que los hombres no ven gota; el velo que la naturaleza ha puesto ante nuestros ojos es demasiado tupido para que podamos penetrarlo.
ARGAN.- Según eso, los médicos no saben nada.
BERALDO.- Sí, saben; saben lo más florido de las humanidades; saben hablar lucidamente en latín; saben decir en griego el nombre de todas las enfermedades, su definición y clasificación...; de lo único que no saben una palabra es de curar.
ARGAN.- Pero estarás conforme, al menos, en que de esta materia los médicos saben más que nosotros.
BERALDO.- Saben lo que acabo de decirte, que maldito si sirve para nada. Todas las excelencias de ese arte se reducen a un pomposo galimatías y a una engañosa locuacidad que da palabras por razones y promesas por hechos.
ARGAN.- Pues hay personas tan hábiles y cultas como tú que cuando se encuentran mal llaman a un médico.
BERALDO.- Síntoma de la flaqueza humana, no de la efectividad de ese arte.
ARGAN.- Pero los médicos no tienen más remedio que creer en él, puesto que lo emplean en ellos mismos.
BERALDO.- Es que entre ellos los hay que participan de ese mismo error popular del cual se aprovechan, y los hay también que, sin creer en él, lo explotan. Tu señor Purgon, por ejemplo, es un hombre poco agudo: un médico de pies a cabeza, que cree en las reglas de su arte más que en las demostraciones matemáticas y que no admite discusión sobre ellas. Para él, la medicina no tiene punto oscuro, ni dudoso, ni complicado; impetuoso en sus apreciaciones, con una confianza inquebrantable y una brutalidad falta de sentido común y de raciocinio, suministra purgantes y sangrías a troche y moche, sin que haya nada que le detenga... Haga lo que haga, él no imagina que pueda perjudicarte nunca; con la mejor buena fe del mundo te manda al cementerio y, al matarte, no hace ni más ni menos que lo que hizo con su mujer y con sus hijos, y lo que, llegado el caso, haría consigo mismo.
ARGAN.- Le tienes malquerencia al señor Purgon; pero tú dirás qué es lo que debe hacer uno cuando está enfermo.
BERALDO.- Nada.
ARGAN.- ¿Nada?
BERALDO.- Nada... Guardar reposo y dejar que la misma naturaleza, paulatinamente, se desembarace de los trastornos que la han prendido. Nuestra inquietud, nuestra impaciencia, es lo que echa todo a perder; y puede decirse que la mayoría de las criaturas mueren de los remedios que les han suministrado y no de las enfermedades.
ARGAN.- Convendrás en que hay una porción de cosas que pueden ayudar a la naturaleza.
BERALDO.- Ideas en las que nos agrada refugiarnos. En todas las épocas han germinado entre los hombres una cantidad de fantasías en las que todo el mundo ha creído porque eran halagüeñas, y lo lastimoso es que no fueran ciertas. Cuando un médico habla de ayudar, de socorrer, de aliviar a la naturaleza; cuando dice de quitarle lo que le sobra o de suministrarle lo que le falta; de restablecer la facilidad de sus funciones; de limpiar la sangre; de atemperar las entrañas y el cerebro; de reducir el bazo, normalizar el pecho, reparar el hígado, fortificar el corazón; restablecer y conservar el calor natural...; de secretos, en fin, para prolongar la vida, no hace precisamente más que narrar la novela de la medicina. Dentro de la verdad y de la experiencia, no encontramos comprobación ninguna; es como esos sueños deliciosos que no dejan al despertar más que la tristeza de haber creído en ellos.
ARGAN.- En resumen: toda la ciencia de este mundo está encerrada en tu mollera, y tú sabes más que todos los grandes médicos de nuestro siglo.
BERALDO.- Tus grandes médicos tienen dos personalidades: si los oyes hablar, son la gente más lista del mundo; pero si los ves hacer, no hay hombres más ignorantes que ellos.
ARGAN.- ¡Ya, ya! Veo que eres doctísimo; pero celebraría que se hallara presente alguno de esos señores para que rebatiera tus razonamientos.
BERALDO.- Yo no me dedico a combatir la medicina. Buenas o malas, cada uno tiene sus ideas, y cuanto te he dicho ha sido en el seno de la intimidad y con el propósito de sacarte de tu error. Ahora, para distraerte, te llevaría a ver una comedia de Molière precisamente sobre este tema.
ARGAN.- ¡Valiente impertinente está el tal Molière!... ¡Me parece de muy mal gusto hacer chacota de gente tan respetable como los médicos!
BERALDO.- No es de los médicos, sino de lo ridículo de la medicina.
ARGAN.- ¿Y quién le manda a él inspeccionar la medicina! Es una necedad y una inconveniencia burlarse de las visitas y de las prescripciones y elegir un cuerpo de personas tan venerables para sacarle a escena.
BERALDO.- ¿Qué ha de sacar más que las diversas profesiones del hombre? ¿No sacan diariamente a reyes y princesas, que han nacido en tan buenos pañales como los médicos?
ARGAN.- ¡Por vida del diablo, que si yo fuera médico me vengaría de su impertinencia dejándole morir sin auxilios cuando estuviera malo! ¡Aunque lo pidiera por Dios, no le recetaría la más leve sangría ni el más ligero purgante! «¡Revienta ahí, y aprende a no burlarte de la Facultad!», le diría yo.
BERALDO.- ¿Tan indignado estás con él?
ARGAN.- Sí, porque es un imprudente; y si los médicos procedieran con cordura, harían lo que yo he dicho.
BERALDO.- Él será más cuerdo que los médicos, porque no los llamará nunca.
ARGAN.- Peor para él, si se priva de sus remedios y recursos.
BERALDO.- Tiene sus razones para hacerlo, porque él sostiene que sólo las personas muy vigorosas y robustas pueden resistir a un tiempo los remedios y la enfermedad. Por su parte, él no tiene aguantes más que para soportar la enfermedad.
ARGAN.- ¡Vaya una razón estúpida! No hablemos más de ese individuo, porque se me irrita la bilis y acabaré teniendo un ataque.
quarta-feira, 21 de julho de 2010
A morte de Iván Ilitch
Tolstoi
E ele começou a repassar na imaginação os melhores momentos da sua vida. Mas — coisa estranha! — tais momentos não lhe pareciam agora tão agradáveis como cuidava que fossem, salvo as primeiras recordações da infância.
Na meninice, sim, havia certas coisas verdadeiramente prazenteiras, que gostaria que se repetissem se pudesse viver outra vez. Mas aquele menino estava morto, era como a reminiscência de uma outra pessoa.
Quando entrou a repassar o período que gerara o atual Ivan Ilitch, tudo o que lhe parecera ser alegria se desmoronava ante seus olhos, reduzindo-se a algo desprezível e vil.
E quanto mais longe da infância e mais perto do presente, tanto mais as alegrias que vivera lhe pareciam insignificantes e vazias. A começar pela faculdade de direito. Nela conhecera alguns momentos realmente bons: o contentamento, a amizade, as esperanças. Nos últimos anos, porém, tais momentos já se tornavam raros. Depois, no tempo do seu primeiro emprego, junto ao governador, gozara alguns belos momentos: amara uma mulher. Em seguida tudo se embrulhou e bem poucas eram as coisas boas. Para adiante, ainda menos. E, quanto mais avançava, mais escassas se faziam elas. Veio o casamento, um mero acidente e, com ele, a desilusão, o mau hálito da esposa, a sensualidade e a hipocrisia. E a monótona vida burocrática, as aperturas de dinheiro, e assim um ano, dois, dez, vinte, perfeitamente idênticos. E, à medida que a existência corria, tornava-se mais oca, mais tola. “É como se eu estivesse descendo uma montanha, pensando que a galgava. Exatamente isso. Perante a opinião pública, eu subia, mas, na verdade, afundava. E agora cheguei ao fim — a sepultura me espera.
“Mas o que significa isso, afinal? Por quê? Impossível! A vida não pode ser assim tão sem sentido e nojenta! Mas, se ela foi tão nojenta e sem sentido, por que devo eu morrer e morrer sofrendo? Alguma coisa, positivamente, está errada!”
“Talvez eu não tenha vivido como deveria”, acudiu-lhe de súbito. “Mas de que sorte, se eu sempre procedi como era preciso?” — e imediatamente afastou a única hipótese possível para o enigma da vida e da morte,
“E o que queres agora? Viver? Viver de que maneira? Viver como viveste no tribunal, quando o oficial de justiça anunciava: — Está aberta a sessão!”... “Está aberta a sessão!”, repetiu. “O julgamento vai começar. Mas eu não sou culpado!”, exclamou, indignado. “Por quê?”
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