"Siempre acabamos llegando a donde nos esperan" - Libro de los itinerarios

quinta-feira, 14 de maio de 2015

As nuvens

Juan José Saer

Lo que es válido para un lugar es válido para el espacio entero, y ya sabemos que sí el todo contiene a la parte, la parte a su vez contiene al todo. No lo hago con veleidades de historiador porque no tengo ninguna fe en la historia. No creo ni que pueda servir de modelo para el presente, ni que podamos recuperar de ella otra cosa que unos pocos vestigios materiales, lápidas, imágenes, objetos y papeles en los que, lo reconozco, lo que aparece escrito puede ser un poco más que materia. Lo que percibimos como verdadero del pasado no es la historia, sino nuestro propio presente que se proyecta a sí mismo y se contempla en lo exterior"

***

En cierto sentido, el cuerpo es para los hombres una región remota de sí mismos, y si logran hacerlo responsable de todos sus males, adscriben estos últimos al dominio de la naturaleza, que es para ellos sinónimo de fatalidad. En cambio, en lo que llaman el alma, están ellos mismos íntimamente implicados. En la inmensa mayoría de los casos el comercio con los demás no se hace a través del cuerpo, sino del alma. El cuerpo es una tierra incógnita que unos pocos privilegiados pueden pisar o contemplar, mientras que el alma está en comercio constante en la plaza pública, y los que se jactan de conservar un alma virginal y secreta no saben hasta qué punto esa propiedad que ellos creen recóndita y etérea puede llegar a ser manoseada por los otros. Por eso es que casi todo el mundo prefiere encontrar la causa de todos los males en el cuerpo. 

***

Lo que sucedía en realidad era lo que sucede en todas las revoluciones, es decir que entre los dirigentes un pequeño grupo, que termina siempre por perder, se compone de revolucionarios convencidos, mientras que el resto está formado por una parte de hombres influyentes del gobierno anterior que cambian sobre la marcha y por la otra de individuos que no están ni con unos ni con otros y que se limitan a aprovecharse de las circunstancias inesperadas que los han llevado al poder.

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Nunca sucede nada importante — el nacimiento, la muerte, la vida de todos los días son incoloros y poco interesantes — pero cuando de verdad sobreviene algo fuera de lo común, parece todavía menos real que una alucinación, y transcurre con la delgadez y la lejanía de un sueño impreciso. 

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Esa incapacidad de reconocer la locura, no es de ningún modo algo poco corriente, y hasta me atrevería a afirmar que constituye más bien la norma, y que no se trata de un fenómeno que concierne a individuos aislados, sino a naciones enteras que, como la historia lo ha mostrado ya repetidas veces, bajo un influjo semejante al que invocaba el jardinero, se dejaron conducir al abismo por la extraña capacidad de persuasión que posee la lógica en apariencia sin defectos del delirio, aunque toda ella sea en sí defección. 

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En esa ciudad supe por primera vez, por haber vuelto a ella después de muchos años, que la parte de mundo que perdura en los lugares y en las cosas que hemos desertado no nos pertenece, y que lo que llamamos de un modo abusivo el pasado, no es más que el presente colorido pero inmaterial de nuestros recuerdos. 

***

Entre los locos, los caballos y usted, es difícil saber cuáles son los verdaderos locos. Falta el punto de vista adecuado. En lo relativo al mundo en el que se está, si es extraño o familiar, el mismo problema de punto de vista se presenta. Por otra parte, es cierto que locura y razón son indisociables. Y en cuanto a la imposibilidad que usted señala de conocer los pensamientos de un colibrí o, si prefiere, de un caballo, quiero hacerle notar que a menudo con nuestros pacientes sucede lo mismo: o prescinden del lenguaje, o lo tergiversan, o utilizan uno del que ellos solos poseen la significación. De modo que cuando queremos conocer sus representaciones, descubrimos que son tan inaccesibles para nosotros como las de un animal privado de lenguaje. 

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El doctor Weiss afirmaba que lo trágico puro existe únicamente en el dominio del arte, y que en la realidad, aún en sus aspectos más atroces, siempre se lo encuentra temperado por algún elemento cómico, grotesco, o aun ridículo.

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Por momentos hablábamos poco, intercambiando monosílabos retraídos, y por momentos, en general en un aparte entre dos o tres, intercambiábamos largos monólogos fragmentarios, confusos y precipitados, como si habiendo perdido, en la llanura monótona, el instinto o la noción que separa lo interno y lo exterior, el idioma que el mundo nos presta hubiese perdido también sus raíces dentro de nosotros y se hubiese puesto a hablar por sí mismo, prescindiendo del pensamiento y de la voluntad de los que, al dar los primeros pasos por el mundo, habíamos aprendido a utilizarlo. 

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Según las horas del día, cambiaban de forma y de color y, sobre todo, flotaban a velocidades diferentes, como si el viento, cuya ausencia se padecía tanto a ras de tierra, abundara allá arriba. A veces eran amarillas, anaranjadas, rojas, lilas, violetas, pero también verdes, doradas e incluso azules. Aunque todas eran semejantes, no existían, ni habían existido desde los orígenes del mundo, ni existirían tampoco hasta el fin inconcebible del tiempo dos que fuesen idénticas, y a causa de las formas diversas que adoptaban, de las figuras reconocibles que representaban y que iban deshaciéndose poco a poco, hasta no parecerse ya a nada e incluso hasta asumir una forma contradictoria con la que habían tomado un momento antes, se me antojaban de una esencia semejante a la del acontecer, que va desenvolviéndose en el tiempo igual que ellas, con la misma familiaridad extraña de las cosas que, en el instante mismo en que suceden, se esfuman en ese lugar que nunca nadie visitó, y al que llamamos el pasado. 

quarta-feira, 6 de maio de 2015

Today is a killer

David Nelson





I often sit and stare at the sea,
And dream dreams,
And hope hopes,
And wish wishes,
And lately as i listen to
the windsong,
As it dances a beautiful
dance for me,
But these moments never seem to
last too long,
Because after the hopes, the
dreams and the wishes,
After you and me,
After a stolen moment of
happines,
After a glimpse of the timeless
natural universe,
Moving in effortless, effortless,
starling beauty,
Moving in effortless, effortless,
starling rythm,
Comes the reality of today,
Grinning his all-knowing
fiendish grin,
Knowing everything i say.
Know everything i feel,
Know everything i think,
Every gesture i make,
Today, today,
Pressing his ugly face
against mine,
Staring at me lifeless eyes,
Crumbling away all memories of
yesterday's dreams,
Crumbling away,
Crumbling hopes and destroying
wishes,
Destroying dreams,
Can't get close to nobody
no more,
No matter how much you try,
You can't get close to nobody
no more,
Because today is a killer.


Nina Simone / George Harrison / David Nelson:

terça-feira, 28 de abril de 2015

A ovelha negra e outras fábulas

Augusto Monterroso


En un lejano país existió hace muchos años una Oveja negra. Fue fusilada.


Un siglo después, el rebaño arrepentido le levantó una estatua ecuestre que quedó muy bien en el parque.


Así, en lo sucesivo, cada vez que aparecían ovejas negras eran rápidamente pasadas por las armas para que las futuras generaciones deovejas comunes y corrientes pudieran ejercitarse también en la escultura.


***


LA BUENA CONCIENCIA


En el centro de la Selva existió hace mucho una extravagante familia de plantas carnívoras que, con el paso del tiempo, llegaron a adquirir conciencia de su extraña costumbre, principalmente por las constantes murmuraciones que el buen Céfiro les traía de todos los rumbos de la ciudad.

Sensibles a la crítica, poco a poco fueron cobrando repugnancia a la carne, hasta que llegó el momento en que no sólo la repudiaron en el sentido figurado, o sea el sexual, sino que por último se negaron a comerla, asqueadas a tal grado que su simple vista les producía náuseas.

Entonces decidieron volverse vegetarianas.

A partir de ese día se comen únicamente unas a otras y viven tranquilas, olvidadas de su infame pasado.

quarta-feira, 8 de abril de 2015

A borboleta preta

Machado de Assis


No dia seguinte, como eu estivesse a preparar-me para descer, entrou no meu quarto uma borboleta, tão negra como a outra, e muito maior do que ela. Lembrou-me o caso da véspera, e ri-me; entrei logo a pensar na filha de Dona Eusébia, no susto que tivera, e na dignidade que, apesar dele, soube conservar. A borboleta, depois de esvoaçar muito em torno de mim, pousou-me na testa. Sacudi-a, ela foi pousar na vidraça; e, porque eu sacudisse de novo, saiu dali e veio parar em cima de um velho retrato de meu pai. Era negra como a noite. O gesto brando com que, uma vez posta, começou a mover as asas, tinha um certo ar escarninho, que me aborreceu muito. Dei de ombros, saí do quarto; mas tornando lá, minutos depois, e achando-a ainda no mesmo logar, senti um repelão dos nervos, lancei mão de uma toalha, bati-lhe e ela caiu.

Não caiu morta; ainda torcia o corpo e movia as farpinhas da cabeça. Apiedei-me; tomei-a na palma da mão e fui depô-la no peitoril da janela. Era tarde; a infeliz expirou dentro de alguns segundos. Fiquei um pouco aborrecido, incomodado.

"Também por que diabo não era ela azul?", disse eu comigo.

E esta reflexão —  uma das mais profundas que se tem feito, desde a invenção das borboletas —  me consolou do malefício, e me reconciliou comigo mesmo. Deixei-me estar a contemplar o cadáver, com alguma simpatia, confesso. Imaginei que ela saíra do mato, almoçada e feliz. A manhã era linda. Veio por ali fora, modesta e negra, espairecendo as suas borboletices, sob a vasta cúpula de um céu azul, que é sempre azul, para todas as asas. Passa pela minha janela, entra e dá comigo. Suponho que nunca teria visto um homem; não sabia, portanto, o que era o homem; descreveu infinitas voltas em torno do meu corpo, e viu que me movia, que tinha olhos, braços, pernas, um ar divino, uma estatura colossal. Então disse consigo: «Este é provavelmente o inventor das borboletas». A idéa subjugou-a, aterrou-a; mas o medo, que é também sugestivo, insinuou-lhe que o melhor modo de agradar ao seu creador era beijá-lo na testa, e beijou-me na testa. Quando enxotada por mim, foi pousar na vidraça, viu dali o retrato de meu pai, e não é impossível que descobrisse meia verdade, a saber, que estava ali o pai do inventor das borboletas, e voou a pedir-lhe misericórdia.

Pois um golpe de toalha rematou a aventura. Não lhe valeu a imensidade azul, nem a alegria das flores, nem a pompa das folhas verdes, contra uma toalha de rosto, dous palmos de linho cru. Vejam como é bom ser superior às borboletas! Porque, é justo dizê-lo, se ela fosse azul, ou cor de laranja, não teria mais segura a vida; não era impossível que eu a atravessasse com um alfinete, para recreio dos olhos. Não era. Esta última idéa restituiu-me a consolação; uni o dedo grande ao polegar, despedi um piparote e o cadáver caiu no jardim. Era tempo; aí vinham já as próvidas formigas... Não, volto à primeira idéa; creio que para ela era melhor ter nascido azul.

(Memórias póstumas de Brás Cubas, Capítulo XXXI)

quarta-feira, 12 de novembro de 2014

A leveza e o peso

Milan Kundera

Quem pensa que os regimes comunistas da Europa Central são exclusivamente obra de criminosos deixa na sombra uma verdade fundamental: é que os regimes comunistas não foram edificados por criminosos, mas por entusiastas, convencidos de que tinham descoberto a única via possível para o paraíso. E defendiam essa via com unhas e dentes, chegando inclusivamente a mandar matar muito boa gente por causa disso. Mais tarde, tomou-se claro como a luz do dia que o paraíso não existia e, portanto, que os entusiastas eram assassinos.

Então todos caíram em cima dos comunistas: eles é que eram responsáveis pela desgraça do país (que se encontrava pobre e arruinado), pela perda da independência nacional (o país tinha caído sob a alçada dos russos), pelos homicídios judiciais!

Os acusados respondiam: não sabíamos! Fomos enganados! Acreditávamos! Somos inocentes do fundo do coração!

O debate resumia-se, portanto, a uma questão: os comunistas não saberiam mesmo? Ou estavam só a fingir que não sabiam de nada?

Tomas ia seguindo o debate (como outros dez milhões de tchecos), convencido que tinha forçosamente de haver comunistas ao corrente de alguma coisa (apesar de tudo, sempre deviam ter ouvido falar dos horrores que se tinham produzido e continuavam a produzir-se na Rússia pós-revolucionária). Mas também achava provável que a grande maioria não estivesse realmente ao corrente de nada.

E pensava que a pergunta que devia ser feita não era: afinal, os comunistas sabiam ou não? Mas: alguém pode estar inocente só por não saber? Um imbecil sentado num trono pode ser desculpado de tudo só pelo fato de ser imbecil?

Admitamos que o procurador tcheco, que no início dos anos cinquenta pedia a pena de morte para um inocente, tenha sido de fato enganado pela polícia secreta russa e pelo Governo do seu país. Mas agora que toda a gente sabia que as acusações eram absurdas e que os supliciados estavam inocentes, como é que exactamente o mesmo procurador podia defender a pureza da sua alma e bater com a mão no peito, protestando: eu tenho a consciência limpa, eu não sabia, eu acreditava! Não era exactamente no seu "Eu não sabia! Eu acreditava!” que residia a sua culpa irreparável?

Então, Tomas lembrou-se da história de Édipo. Édipo não sabia que dormia com a própria mãe, mas, no entanto, quando compreendeu o que lhe tinha acontecido, não se sentiu inocente. Não pôde suportar o espectáculo da desgraça que causara com a sua ignorância, vazou os olhos e, cego para todo o sempre, deixou Tebas.

Tomas ouvia os comunistas a defender aos berros a pureza das suas almas e pensava: por causa da vossa inconsciência, talvez este país tenha ficado privado de liberdade por vários séculos e ainda se põem a berrar que estão inocentes? Como é que ainda podem olhar para aquilo que vos rodeia? Como é que não ficam apavorados? Ainda são capazes de ver? Se ainda tivessem olhos, deviam mais era vazá-los e sair de Tebas!

(A insustentável leveza do ser)

sexta-feira, 20 de junho de 2014

O arquivo

Victor Giudice




No fim de um ano de trabalho, joão obteve uma redução de quinze por cento em seus vencimentos.

joão era moço. Aquele era seu primeiro emprego. Não se mostrou orgulhoso, embora tenha sido um dos poucos contemplados. Afinal, esforçara-se. Não tivera uma só falta ou atraso. Limitou-se a sorrir, a agradecer ao chefe.

No dia seguinte, mudou-se para um quarto mais distante do centro da cidade. Com o salário reduzido, podia pagar um aluguel menor.

Passou a tomar duas conduções para chegar ao trabalho. No entanto, estava satisfeito. Acordava mais cedo, e isto parecia aumentar-lhe a disposição.

Dois anos mais tarde, veio outra recompensa.

O chefe chamou-o e lhe comunicou o segundo corte salarial.

Desta vez, a empresa atravessava um período excelente. A redução foi um pouco maior: dezessete por cento.

Novos sorrisos, novos agradecimentos, nova mudança.

Agora joão acordava às cinco da manhã. Esperava três conduções. Em compensação, comia menos. Ficou mais esbelto. Sua pele tornou-se menos rosada. O contentamento aumentou.

Prosseguiu a luta.

Porém, nos quatro anos seguintes, nada de extraordinário aconteceu.

joão preocupava-se. Perdia o sono, envenenado em intrigas de colegas invejosos. Odiava-os. Torturava-se com a incompreensão do chefe. Mas não desistia. Passou a trabalhar mais duas horas diárias.

Uma tarde, quase ao fim do expediente, foi chamado ao escritório principal.

Respirou descompassado.

— Seu joão. Nossa firma tem uma grande dívida com o senhor.

joão baixou a cabeça em sinal de modéstia.

— Sabemos de todos os seus esforços. É nosso desejo dar-lhe uma prova substancial de nosso reconhecimento.

O coração parava.

— Além de uma redução de dezesseis por cento em seu ordenado, resolvemos, na reunião de ontem, rebaixá-lo de posto.

A revelação deslumbrou-o. Todos sorriam.

— De hoje em diante, o senhor passará a auxiliar de contabilidade, com menos cinco dias de férias. Contente?

Radiante, joão gaguejou alguma coisa ininteligível, cumprimentou a diretoria, voltou ao trabalho.

Nesta noite, joão não pensou em nada. Dormiu pacífico, no silêncio do subúrbio.

Mais uma vez, mudou-se. Finalmente, deixara de jantar. O almoço reduzira-se a um sanduíche. Emagrecia, sentia-se mais leve, mais ágil. Não havia necessidade de muita roupa. Eliminara certas despesas inúteis, lavadeira, pensão.

Chegava em casa às onze da noite, levantava-se às três da madrugada. Esfarelava-se num trem e dois ônibus para garantir meia hora de antecedência. A vida foi passando, com novos prêmios.

Aos sessenta anos, o ordenado equivalia a dois por cento do inicial. O organismo acomodara-se à fome. Uma vez ou outra, saboreava alguma raiz das estradas. Dormia apenas quinze minutos. Não tinha mais problemas de moradia ou vestimenta. Vivia nos campos, entre árvores refrescantes, cobria-se com os farrapos de um lençol adquirido há muito tempo.

O corpo era um monte de rugas sorridentes.

Todos os dias, um caminhão anônimo transportava-o ao trabalho. Quando completou quarenta anos de serviço, foi convocado pela chefia:

— Seu joão. O senhor acaba de ter seu salário eliminado. Não haverá mais férias. E sua função, a partir de amanhã, será a de limpador de nossos sanitários.

O crânio seco comprimiu-se. Do olho amarelado, escorreu um líquido tênue. A boca tremeu, mas nada disse. Sentia-se cansado. Enfim, atingira todos os objetivos. Tentou sorrir:

— Agradeço tudo que fizeram em meu benefício. Mas desejo requerer minha aposentadoria.

O chefe não compreendeu:

— Mas seu joão, logo agora que o senhor está desassalariado? Por quê? Dentro de alguns meses terá de pagar a taxa inicial para permanecer em nosso quadro. Desprezar tudo isto? Quarenta anos de convívio? O senhor ainda está forte. Que acha?

A emoção impediu qualquer resposta.

joão afastou-se. O lábio murcho se estendeu. A pele enrijeceu, ficou lisa. A estatura regrediu. A cabeça se fundiu ao corpo. As formas desumanizaram-se, planas, compactas. Nos lados, havia duas arestas. Tornou-se cinzento.

João transformou-se num arquivo de metal.

quarta-feira, 19 de março de 2014

O caçador de crepúsculos


Julio Cortázar



Se eu fosse cineasta me dedicaria a caçar crepúsculos. Tenho tudo estudado menos o capital necessário para o safári, porque um crepúsculo não se deixa caçar assim sem mais nem menos, quero dizer que às vezes começa com pouquinha coisa e justo quando o abandonamos lhe saem todas as plumas, ou inversamente é um desperdício cromático e de repente fica como um louro ensaboado, e nos dois casos se supõe uma câmera com boa película de cor, gastos de viagem e pernoites prévios, vigilância do céu e eleição do horizonte mais propício, coisas nada baratas. De todas maneiras creio que se fosse cineasta arranjaria um jeito de caçar crepúsculos, na verdade um só crepúsculo, mas para chegar ao crepúsculo definitivo teria que filmar quarenta ou cinquenta, porque se fosse cineasta teria as mesmas exigências que com a palavra, as mulheres ou a geopolítica.

Não é assim e me consolo imaginando o crepúsculo já caçado, dormindo em sua longuíssima espiral enlatada. Meu plano: não somente a caça, mas a restituição do crepúsculo a meus semelhantes que pouco sabem dele, quero dizer as pessoas da cidade que vêem o sol se pôr, se o vêem, detrás do edifício dos correios, dos apartamentos da frente ou num subhorizonte de antenas de televisão e postes de iluminação. O filme seria mudo, ou com uma trilha sonora que registrasse somente os sons contemporâneos do crepúsculo filmado, provavelmente algum latido de cão ou zumbidos de moscar, com sorte um sininho de ovelha ou um golpe de onda de o crepúsculo fosse marinho.

Por experiência e relógio, sei que um bom crepúsculo não dura além de vinte minutos entre o clímax e o anticlímax, duas coisas que eliminaria para deixar tão somente seu lento jogo interno, seu caleidoscópio de imperceptíveis mutações; teria assim um filme desses que se chamam documentários e que são exibidos antes de Brigitte Bardot enquanto as pessoas vão se acomodando e olham a tela como se ainda estivessem no ônibus ou no metrô. Meu filme teria uma legenda impressa (acaso uma voz em off) com estas linhas: "O que se verá é o crepúsculo de 7 de junho de 1976, filmado em X com película M e com câmera fixa, sem interrupção durante Z minutos. O público fica informado de que fora do crepúsculo não acontece absolutamente nada, pelo qual se aconselha a proceder como se estivesse em sua casa e fazer o que lhe vier à cabeça; por exemplo, olhar o crepúsculo, dar-lhe as costas, falar com os demais, passear, etc. Lamentamos não poder sugerir-lhe que fume, coisa sempre tão bela à hora do crepúsculo, mas as condições medievais das salas cinematográficas requerem, como se sabe, a proibição deste excelente hábito. Em compensação não está vedado tomar um bom trago do frasco de bolso que o distribuidor do filme vende no foyer."

Impossível predizer o destino de meu filme, as pessoas vão ao cinema para esquecerem de si mesmas, e um crepúsculo tende precisamente ao contrário, é a hora em que acaso nos vemos um pouco mais desnudados, a mim ao menos me acontece, e é penoso e útil. Talvez outros também aproveitem, nunca se sabe.

sábado, 14 de dezembro de 2013

A liberdade de ver os outros

Discurso de paraninfo de David Foster Wallace para formandos do Kenyon College. 


Dois peixinhos estão nadando juntos e cruzam com um peixe mais velho, nadando em sentido contrário. Ele os cumprimenta e diz:

- Bom dia, meninos. Como está a água?

Os dois peixinhos nadam mais um pouco, até que um deles olha para o outro e pergunta:

- Água? Que diabo é isso?

Não se preocupem, não pretendo me apresentar a vocês como o peixe mais velho e sábio que explica o que é água ao peixe mais novo. Não sou um peixe velho e sábio. O ponto central da história dos peixes é que a realidade mais óbvia, ubíqua e vital costuma ser a mais difícil de ser reconhecida. Enunciada dessa forma, a frase soa como uma platitude - mas é fato que, nas trincheiras do dia-a-dia da existência adulta, lugares comuns banais podem adquirir uma importância de vida ou morte.

Boa parte das certezas que carrego comigo acabam se revelando totalmente equivocadas e ilusórias. Vou dar como exemplo uma de minhas convicções automáticas: tudo à minha volta respalda a crença profunda de que eu sou o centro absoluto do universo, de que sou a pessoa mais real, mais vital e essencial a viver hoje. Raramente mencionamos esse egocentrismo natural e básico, pois parece socialmente repulsivo, mas no fundo ele é familiar a todos nós. Ele faz parte de nossa configuração padrão, vem impresso em nossos circuitos ao nascermos.

Querem ver? Todas as experiências pelas quais vocês passaram tiveram, sempre, um ponto central absoluto: vocês mesmos. O mundo que se apresenta para ser experimentado está diante de vocês, ou atrás, à esquerda ou à direita, na sua tevê, no seu monitor, ou onde for. Os pensamentos e sentimentos dos outros precisam achar um caminho para serem captados, enquanto o que vocês sentem e pensam é imediato, urgente, real. Não pensem que estou me preparando para fazer um sermão sobre compaixão, desprendimento ou outras "virtudes". Essa não é uma questão de virtude - trata-se de optar por tentar alterar minha configuração padrão original, impressa nos meus circuitos. Significa optar por me libertar desse egocentrismo profundo e literal que me faz ver e interpretar absolutamente tudo pelas lentes do meu ser.

Num ambiente de excelência acadêmica, cabe a pergunta: quanto do esforço em adequar a nossa configuração padrão exige de sabedoria ou de intelecto? A pergunta é capciosa. O risco maior de uma formação acadêmica - pelo menos no meu caso - é que ela reforça a tendência a intelectualizar demais as questões, a se perder em argumentos abstratos, em vez de simplesmente prestar atenção ao que está ocorrendo bem na minha frente.

Estou certo de que vocês já perceberam o quanto é difícil permanecer alerta e atento, em vez de hipnotizado pelo constante monólogo que travamos em nossas cabeças. Só vinte anos depois da minha formatura vim a entender que o surrado clichê de "ensinar os alunos como pensar" é, na verdade, uma simplificação de uma idéia bem mais profunda e séria. "Aprender a pensar" significa aprender como exercer algum controle sobre como e o que cada um pensa. Significa ter plena consciência do que escolher como alvo de atenção e pensamento. Se vocês não conseguirem fazer esse tipo de escolha na vida adulta, estarão totalmente à deriva.

Lembrem o velho clichê: "A mente é um excelente servo, mas um senhorio terrível." Como tantos clichês, também esse soa inconvincente e sem graça. Mas ele expressa uma grande e terrível verdade. Não é coincidência que adultos que se suicidam com armas de fogo quase sempre o façam com um tiro na cabeça. Só que, no fundo, a maioria desses suicidas já estava morta muito antes de apertar o gatilho. Acredito que a essência de uma educação na área de humanas, eliminadas todas as bobagens e patacoadas que vêm junto, deveria contemplar o seguinte ensinamento: como percorrer uma confortável, próspera e respeitável vida adulta sem já estar morto, inconsciente, escravizado pela nossa configuração padrão - a de sermos singularmente, completamente, imperialmente sós.

Isso também parece outra hipérbole, mais uma abstração oca. Sejamos concretos então. O fato cru é que vocês, graduandos, ainda não têm a mais vaga idéia do significado real do que seja viver um dia após o outro. Existem grandes nacos da vida adulta sobre os quais ninguém fala em discursos de formatura. Um desses nacos envolve tédio, rotina e frustração mesquinha.

Vou dar um exemplo prosaico imaginando um dia qualquer do futuro. Você acordou de manhã, foi para seu prestigiado emprego, suou a camisa por nove ou dez horas e, ao final do dia, está cansado, estressado, e tudo que deseja é chegar em casa, comer um bom prato de comida, talvez relaxar por umas horas, e depois ir para cama, porque terá de acordar cedo e fazer tudo de novo. Mas aí lembra que não tem comida na geladeira. Você não teve tempo de fazer compras naquela semana, e agora precisa entrar no carro e ir ao supermercado. Nesse final de dia, o trânsito está uma lástima.

Quando você finalmente chega lá, o supermercado está lotado, horrivelmente iluminado com lâmpadas fluorescentes e impregnado de uma música ambiente de matar. É o último lugar do mundo onde você gostaria de estar, mas não dá para entrar e sair rapidinho: é preciso percorrer todos aqueles corredores superiluminados para encontrar o que procura, e manobrar seu carrinho de compras de rodinhas emperradas entre todas aquelas outras pessoas cansadas e apressadas com seus próprios carrinhos de compras. E, claro, há também aqueles idosos que não saem da frente, e as pessoas desnorteadas, e os adolescentes hiperativos que bloqueiam o corredor, e você tem que ranger os dentes, tentar ser educado, e pedir licença para que o deixem passar. Por fim, com todos os suprimentos no carrinho, percebe que, como não há caixas suficientes funcionando, a fila é imensa, o que é absurdo e irritante, mas você não pode descarregar toda a fúria na pobre da caixa que está à beira de um ataque de nervos.

De qualquer modo, você acaba chegando à caixa, paga por sua comida e espera até que o cheque ou o cartão seja autenticado pela máquina, e depois ouve um "boa noite, volte sempre" numa voz que tem o som absoluto da morte. Na volta para casa, o trânsito está lento, pesado etc. e tal.

É num momento corriqueiro e desprezível como esse que emerge a questão fundamental da escolha. O engarrafamento, os corredores lotados e as longas filas no supermercado me dão tempo de pensar. Se eu não tomar uma decisão consciente sobre como pensar a situação, ficarei irritado cada vez que for comprar comida, porque minha configuração padrão me leva a pensar que situações assim dizem respeito a mim, a minha fome, minha fadiga, meu desejo de chegar logo em casa. Parecerá sempre que as outras pessoas não passam de estorvos. E quem são elas, aliás? Quão repulsiva é a maioria, quão bovinas, e inexpressivas e desumanas parecem ser as da fila da caixa, quão enervantes e rudes as que falam alto nos celulares.

Também posso passar o tempo no congestionamento zangado e indignado com todas essas vans, e utilitários e caminhões enormes e estúpidos, bloqueando as pistas, queimando seus imensos tanques de gasolina, egoístas e perdulários. Posso me aborrecer com os adesivos patrióticos ou religiosos, que sempre parecem estar nos automóveis mais potentes, dirigidos pelos motoristas mais feios, desatenciosos e agressivos, que costumam falar no celular enquanto fecham os outros, só para avançar uns 20 metros idiotas no engarrafamento. Ou posso me deter sobre como os filhos dos nossos filhos nos desprezarão por desperdiçarmos todo o combustível do futuro, e provavelmente estragarmos o clima, e quão mal-acostumados e estúpidos e repugnantes todos nós somos, e como tudo isso é simplesmente pavoroso etc. e tal.

Se opto conscientemente por seguir essa linha de pensamento, ótimo, muitos de nós somos assim - só que pensar dessa maneira tende a ser tão automático que sequer precisa ser uma opção. Ela deriva da minha configuração padrão.

Mas existem outras formas de pensar. Posso, por exemplo, me forçar a aceitar a possibilidade de que os outros na fila do supermercado estão tão entediados e frustrados quanto eu, e, no cômputo geral, algumas dessas pessoas provavelmente têm vidas bem mais difíceis, tediosas ou dolorosas do que eu.

Fazer isso é difícil, requer força de vontade e empenho mental. Se vocês forem como eu, alguns dias não conseguirão fazê-lo, ou simplesmente não estarão a fim. Mas, na maioria dos dias, se estiverem atentos o bastante para escolher, poderão preferir olhar melhor para essa mulher gorducha, inexpressiva e estressada que acabou de berrar com a filhinha na fila da caixa. Talvez ela não seja habitualmente assim. Talvez ela tenha passado as três últimas noites em claro, segurando a mão do marido que está morrendo. Ou talvez essa mulher seja a funcionária mal remunerada do Departamento de Trânsito que, ontem mesmo, por meio de um pequeno gesto de bondade burocrática, ajudou algum conhecido seu a resolver um problema insolúvel de documentação.

Claro que nada disso é provável, mas tampouco é impossível. Tudo depende do que vocês queiram levar em conta. Se estiverem automaticamente convictos de conhecerem toda a realidade, vocês, assim como eu, não levarão em conta possibilidades que não sejam inúteis e irritantes. Mas, se vocês aprenderam como pensar, saberão que têm outras opções. Está ao alcance de vocês vivenciarem uma situação "inferno do consumidor" não apenas como significativa, mas como iluminada pela mesma força que acendeu as estrelas.

Relevem o tom aparentemente místico. A única coisa verdadeira, com V maiúsculo, é que vocês precisam decidir conscientemente o que, na vida, tem significado e o que não tem.

Na trincheira do dia-a-dia, não há lugar para o ateísmo. Não existe algo como "não venerar". Todo mundo venera. A única opção que temos é decidir o que venerar. E o motivo para escolhermos algum tipo de Deus ou ente espiritual para venerar - seja Jesus Cristo, Alá ou Jeová, ou algum conjunto inviolável de princípios éticos - é que todo outro objeto de veneração te engolirá vivo. Quem venerar o dinheiro e extrair dos bens materiais o sentido de sua vida nunca achará que tem o suficiente. Aquele que venerar seu próprio corpo e beleza, e o fato de ser sexy, sempre se sentirá feio - e quando o tempo e a idade começarem a se manifestar, morrerá um milhão de mortes antes de ser efetivamente enterrado.

No fundo, sabemos de tudo isso, que está no coração de mitos, provérbios, clichês, epigramas e parábolas. Ao venerar o poder, você se sentirá fraco e amedrontado, e precisará de ainda mais poder sobre os outros para afastar o medo. Venerando o intelecto, sendo visto como inteligente, acabará se sentindo burro, um farsante na iminência de ser desmascarado. E assim por diante.

O insidioso dessas formas de veneração não está em serem pecaminosas - e sim em serem inconscientes. São o tipo de veneração em direção à qual você vai se acomodando quase que por gravidade, dia após dia. Você se torna mais seletivo em relação ao que quer ver, ao que valorizar, sem ter plena consciência de que está fazendo uma escolha.

O mundo jamais o desencorajará de operar na configuração padrão, porque o mundo dos homens, do dinheiro e do poder segue sua marcha alimentado pelo medo, pelo desprezo e pela veneração que cada um faz de si mesmo. A nossa cultura consegue canalizar essas forças de modo a produzir riqueza, conforto e liberdade pessoal. Ela nos dá a liberdade de sermos senhores de minúsculos reinados individuais, do tamanho de nossas caveiras, onde reinamos sozinhos.

Esse tipo de liberdade tem méritos. Mas existem outros tipos de liberdade. Sobre a liberdade mais preciosa, vocês pouco ouvirão no grande mundo adulto movido a sucesso e exibicionismo. A liberdade verdadeira envolve atenção, consciência, disciplina, esforço e capacidade de efetivamente se importar com os outros - no cotidiano, de forma trivial, talvez medíocre, e certamente pouco excitante. Essa é a liberdade real. A alternativa é a torturante sensação de ter tido e perdido alguma coisa infinita.

Pensem de tudo isso o que quiserem. Mas não descartem o que ouviram como um sermão cheio de certezas. Nada disso envolve moralidade, religião ou dogma. Nem questões grandiosas sobre a vida depois da morte. A verdade com V maiúsculo diz respeito à vida antes da morte. Diz respeito a chegar aos 30 anos, ou talvez aos 50, sem querer dar um tiro na própria cabeça. Diz respeito à consciência - consciência de que o real e o essencial estão escondidos na obviedade ao nosso redor - daquilo que devemos lembrar, repetindo sempre: "Isto é água, isto é água."

É extremamente difícil lembrar disso, e permanecer consciente e vivo, um dia depois do outro.

Retirado de: http://revistapiaui.estadao.com.br/edicao-25/despedida/a-liberdade-de-ver-os-outros

segunda-feira, 25 de novembro de 2013

O homem no círculo

Matéi Visniec


Se quero ficar sozinho, paro, tiro o giz preto do meu bolso e traço um círculo à minha volta. Dentro do meu círculo, encontro abrigo. Ninguém tem o direito nem o poder de me dirigir a palavra se eu estiver dentro do meu círculo. Ninguém tem o direito nem o poder de entrar, de me tocar ou de me olhar por muito tempo.

Quando estou dentro do meu círculo, não escuto mais o barulho da rua, as ondas do mar ou o canto dos passarinhos. Posso ficar lá, sem me mexer, o tempo que quiser. Nada mais que acontece à minha volta me interessa. O círculo me isola do mundo exterior e de mim mesmo. É a felicidade total, é a paz.

Dentro do círculo não se sente mais frio, dor ou fome. O tempo, ele também para. Mergulha-se na abstração como num sonho protetor. A gente se torna o centro do círculo.

Quando quero sair do círculo, estendo a mão e corto a linha do círculo. Só eu posso fazê-lo. De fora, ninguém pode cortar o círculo para mim. O milagre do círculo consiste na segurança total que ele nos oferece.

Desde que o círculo foi inventado, o mundo ficou melhor. Não há guerra, nem fome, nem catástrofe. A criminalidade diminuiu. É só a náusea nos atingir que traçamos um círculo em volta da gente. É só alguém nos aborrecer que entramos no círculo. Se um ladrão entra em nossa casa à noite, entramos depressa no círculo.

Se depois de uma longa viagem ficamos cansados, é só descansar dentro do círculo. Se não conseguimos responder a alguma questão essencial, o círculo é o melhor lugar para meditar. Se a morte se aproxima e não queremos morrer, podemos vegetar eternamente dentro do círculo.

Não se pode nunca trancar dois no mesmo círculo. Alguns tentaram, mas não deu em nada. Um círculo para dois não existe e estou certo de que não existirá jamais.

No começo era preciso um giz magnético preto para poder traçar o círculo. O giz era um pouco caro e a maioria das pessoas não podia comprar. Pouco a pouco o preço do giz foi caindo e até giz colorido apareceu no mercado. No fim, a prefeitura começou a distribuir giz grátis para toda a população.

Hoje se sabe que não se precisa nem mesmo de giz para traçar um círculo em volta de si mesmo. O círculo pode ser desenhado com qualquer coisa: um toco de lápis, um batom, uma ponta de faca, uma agulha ou até mesmo com a unha.

Todo mundo é da opinião de que o círculo representa a panaceia de todos os tempos. É fim de milênio e ninguém mais é infeliz.

As pesquisas mostram que os habitantes da cidade passam mais de cem dias por ano no seu círculo. Foi feito um recenseamento daqueles que não saíram do círculo por cinco, dez, vinte anos. Sem dúvida tomaram gosto pela eternidade.

Mas não deixo de me inquietar com boatos que correm pela cidade nos últimos tempos. Dizem que os círculos escondem uma armadilha, que a gente entra algumas vezes para nunca mais sair. Fala-se de gente que ficou bloqueada no círculo contra a própria vontade. Dizem que os que vivem dentro do círculo por mais de dez ou vinte anos são, na realidade, prisioneiros. Fala-se até que, já faz algum tempo, a maior parte dos círculos não obedece mais aos homens. Dizem haver muitas pessoas que, uma vez cercadas, descobrem que não podem mais abrir suas jaulas.

Dizem até que não sairão jamais.



*extraído de "Teatro Decomposto ou O Homem-Lixo"

quarta-feira, 25 de setembro de 2013

Quando a criança era criança


Peter Handke




Quando a criança era criança,
andava balançando os braços,
queria que o riacho fosse um rio,
que o rio fosse uma torrente
e que essa poça fosse o mar.

Quando a criança era criança,

não sabia que era criança,
tudo lhe parecia ter alma,
e todas as almas eram uma.

Quando a criança era criança,

não tinha opinião a respeito de nada,
não tinha nenhum costume,
sentava-se sempre de pernas cruzadas,
saía correndo,
tinha um redemoinho no cabelo
e não fazia poses na hora da fotografia.

Quando a criança era uma criança

era a época destas perguntas:
Por que eu sou eu e não você?
Por que estou aqui, e por que não lá?
Quando foi que o tempo
começou, e onde é que o espaço termina?
Um lugar na vida sob o sol não é apenas um sonho?
Aquilo que eu vejo e ouço e cheiro
não é só a aparência de um mundo diante de um mundo?
Existe de fato o Mal e as pessoas
que são realmente más?
Como pode ser que eu, que sou eu,
antes de ser eu mesmo não era eu,
e que algum dia, eu, que sou eu,
não serei mais quem eu sou?
Quando uma criança era uma criança,
Mastigava espinafre, ervilhas, bolinhos de arroz, e couve-flor cozida,
e comia tudo isto não somente porque precisava comer.
Quando uma criança era uma criança,
Uma vez acordou numa cama estranha,
e agora faz isso de novo e de novo.
Muitas pessoas, então, pareciam lindas
e agora só algumas parecem, com alguma sorte.
Visualizava uma clara imagem do Paraíso,
e agora no máximo consegue só imaginá-lo,
não podia conceber o vazio absoluto,
que hoje estremece no seu pensamento.
Quando uma criança era uma criança,
brincava com entusiasmo,
e agora tem tanta excitação como tinha,
porém só quando pensa em trabalho.
Quando uma criança era uma criança,
Era suficiente comer uma maçã, uma laranja, pão,
E agora é a mesma coisa.
Quando uma criança era criança,
amoras enchiam sua mão como somente as amoras conseguem,
e também fazem agora,
Avelãs frescas machucavam sua língua,
parecido com o que fazem agora,
tinha, em cada cume de montanha,
a busca por uma montanha ainda mais alta,e em cada cidade,
a busca por uma cidade ainda maior,
e ainda é assim,
alcançava cerejas nos galhos mais altos das árvores
como, com algum orgulho, ainda consegue fazer hoje,
tinha uma timidez na frente de estranhos,
como ainda tem.
Esperava a primeira neve,
Como ainda espera até agora.
Quando a criança era criança,
Arremessou um bastão como se fosse uma lança contra uma árvore,
E ela ainda está lá, chacoalhando, até hoje.