"Siempre acabamos llegando a donde nos esperan" - Libro de los itinerarios

segunda-feira, 18 de janeiro de 2010

A realidade é o que sobra, a fantasia é o que falta

(trechos da Biografía resumida, de Herman Hesse)

La cuestión era la siguiente: desde que cumplí los trece años estaba claro para mí que quería ser poeta o nada. Pero con la claridad de esta idea llegó paulatinamente otra certeza, penosa. Uno podía llegar a ser maestro, cura, médico, artesano, comerciante o empleado de correos, también músico, incluso pintor o arquitecto, y para todas las profesiones del mundo había un camino, había condiciones previas, había una escuela, una enseñanza para el principiante. ¡Pero no existía para el poeta! Estaba permitido serlo e incluso se consideraba un honor ser poeta: es decir, tener éxito y fama como poeta, pero lamentablemente esto solía suceder cuando uno ya estaba muerto. Sin embargo, convertirse en poeta era imposible, querer serlo era una ridiculez y una vergüenza, como pude averiguar muy pronto. Rápidamente había aprendido lo que se podía aprender de la situación: poeta sólo se podía ser, pero no estaba permitido llegar a serlo. Además, interesarse por la poesía y por un talento poético propio le hacía a uno sospechoso ante los maestros, y por ello desconfiaban de uno o le despreciaban, con frecuencia incluso le ofendían a uno mortalmente. Con los poetas pasaba exactamente lo mismo que con los héroes y con todas las figuras y los afanes intensos o hermosos, orgullosos y no cotidianos: en el pasado fueron maravillosos, todos los libros de texto estaban llenos de alabanzas hacia ellos, pero en el presente y en la realidad se los odiaba y, probablemente, los maestros habían sido contratados y formados para impedir en lo posible el surgimiento de personas famosas y libres y la realización de gestas grandes y magníficas. Por lo tanto, entre mi persona y mi lejana meta no veía más que abismos, todo se me volvía incierto, devaluado, y sólo una cosa permanecía: la voluntad de querer ser poeta, fuese fácil o difícil, ridículo u honorable.

(...)

Otro reproche que se me hacía me pareció muy justificado. Se me negaba que tuviera sentido de la realidad. Tanto los poemas que escribo como los cuadritos que pinto no se corresponden con la realidad. Cuando hago poesía, con frecuencia olvido todos los requisitos que los lectores ilustrados plantean a un auténtico libro, y sobre todo me falta de hecho el respeto a la realidad. Creo que la realidad es aquello por lo que menos falta hace preocuparse, pues es suficientemente molesta, incluso existe siempre, mientras que las cosas más hermosas y necesarias requieren nuestra atención y nuestro cuidado. La realidad es aquello con lo que no se puede estar satisfecho bajo ninguna circunstancia, lo que no se puede adorar ni honrar bajo ninguna circunstancia, pues es la casualidad, el desecho de la vida. Además esa realidad sórdida, con frecuencia decepcionante e insípida, no se puede modificar de ningún otro modo más que negándola, demostrando que somos más fuertes que ella. En mis poemas muchas veces se echa de menos el habitual respeto a la realidad, y cuando pinto los árboles tienen caras y las casas ríen o bailan, o lloran, pero en general no se puede reconocer si el árbol es un peral o un castaño. Debo aceptar este reproche. Confieso que mi propia vida también me parece muchas veces un cuento; con frecuencia veo y siento el mundo exterior en mi interior en un contexto y un acoplamiento que debo llamar mágicos.

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